viernes, 1 de noviembre de 2013

¿Por qué fumamos?



Bien, en realidad quien más o quien menos se ha hecho esta pregunta a menudo cuando fuma. Todos conocemos los contras: fumar es caro (entre 100 y 200 euros al mes), dañino (mira las cajetillas y sus amables ilustraciones) y en cierto modo incómodo para uno mismo (por las restricciones actuales, o por el simple respeto a los no fumadores que tengamos a nuestro alrededor, lo que obliga a aguantar el ansia de fumar en lugares públicos, o a tener que salirse de los mismos ansiosamente a la menor oportunidad). Además, quien haya leído el famoso libro de Allen Carr sabrá ya que en el fondo la calma que da la nicotina es sólo el resultado de aliviar durante un rato la abstinencia de la misma generada por su consumo.

Vale. Pero seguimos fumando. Ojalá no hiciese daño, pensamos (bueno, en mi caso, hablo en pasado, ya que ahora vapeo). Porque lo cierto es que, lo mismo que disfrutamos de descansar tras un esfuerzo, o de beber cuando hace calor, o de comer con hambre, esperamos con ansia ese rato en que aplacamos la avidez por la nicotina que sabemos que nos hemos creado cuando, mucho tiempo atrás, probamos nuestros primeros pitillos.

Y luego está lo poético. Tal vez en esta vida agitada hay ocasiones en que a uno le apetece subrayar con un trazo de humo un momento especial del día, o quizá hacer presente el atávico asombro de nuestros ancestros al comenzar a dominar al fuego hasta el punto de devorarlo y exhalarlo  por la boca en forma de volutas, como míticos dragones. Quién sabe.

Cito, a continuación, el extracto de un polémico libro del que he tenido noticia “FUMAR ES BUENO PARA USTED”  del Dr. William Whitby.

“Difícilmente la gente fumaria si con ello no gozara, o si no sintiera que ello le hace bien. Desde tiempos inmemoriales, la gente ha gozado del tabaco. En América, por supuesto, el hábito de fumar cuenta una larga tradición. En el mundo occidental, antes que el tabaco fuera introducido, los hombres ya fumaban hierbas de los más diversos tipos. Incluso los poetas han alabado en forma entusiasta al tabaco, y los grandes hombres se han auxiliado de este para dar al mundo la mejor literatura y los más grandes descubrimientos científicos.

Entre los grandes fumadores ilustres figuran: Einstein, Freud, Zolá, Thackeray, Darwin, Stevenson, Churchill, Roosevelt, Eduardo VII, Eduardo VIII ( posteriormente Duque de Windsor) y es de hacerse notar que todos ellos llegaron a edades avanzadas.


Thackeray escribió: “juro y declaro que el cigarro ha sido uno de los satisfactores materiales más grandes de mi vida: ha sido grato compañero, delicado estimulante, amigablemente anodino y afianzador de la amistad”. Charles Kingsley escribió en en Westward Ho: “¡El tabaco! compañía del solitario, amigo del bachiller, alimento del hambriento, alegría del triste, sueño del insomne, fogata del harapiento… no hay hierba que se le compara bajo la bóveda celeste”.
Suscribo. Aunque ahora el hierbajo es líquido y no me quema la camisa.



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